sábado, noviembre 23, 2013

Ser Cursi.


Serlo es perturbadoramente difícil. 
Un trabajo arduo que requiere el empeño vomitivo de lo opaco.
El azadón que no hundiría el ocioso en la tierra por seca y pestilente.
Las cicatrices que no escaparán del portaminas.
Es más fácil ser un tipo feliz.

Hay que ver y sentir múltiples heridas habiendo pensado en nada.
Y hacer un resumen ingenioso de ideas suicidas sin destino.

Serlo es exclusivo de los infelices temporales, de los cobardes que alardean en su imaginación.
De los que usan la boca solo para escupir y embriagarse.
Y aman con pasión desmedida a lo que se les antoja.
Serlo es indigno del hombre sabio, tan puro, tan noble.
Es más feliz ser un tipo fácil.

sábado, noviembre 02, 2013

Dejávù

Él tiene más ideas que años.  Siente admiración por las personas que dicen lo que sienten por encima de lo que piensan y se enamora de cada sonrisa bonita que considera interesante, aunque esta
no siempre merezca su total atención. 
Ella es coqueta y sonríe mucho. No es tan inteligente como aparenta, pero su carisma y coquetería camuflan esas deficiencias y siembran en quien la conoces una sensación de suficiencia que enamora. Sigue esperanzada en un chico que no la quiere como debiera, ella le quiere, y sufre con locura, o sencillamente es un espasmo de locura lo que escapa del corazón de ella, en busca de aquel imbécil que no la sabe valorar sin entender lo que desperdicia.

Él tiene amigos y valora la amistad como el aire que respira, nunca ha lastimado a una chica por otra pero sí es nocivo por sus propios medios. Ella es extraña como el aire de madrugada e impredecible como la calma de una ola. 



Los límites de ella los marca su sonrisa, un verso con punto final que le corta la cara en un yingyang. Los de él los dibuja un estado de ánimo impredecible que no se nota aunque lo anuncie a los gritos. Lo que quieren no lo saben, lo que odian es más sencillo de entender. Él la quiere porque no la conoce, ella no se deja querer porque no sabe quién es él y piensa que debe querer al que aún espera. En el infierno los dioses rían burlones, en el cielo, las nubes se oscurecen por la pena y lloran la injusticia. Mientras que la vida sigue sin que el mundo deje de girar por tan insignificante cojudez.

domingo, noviembre 04, 2012

El donante suicida




Al viejo la mera cuestión  le irritaba un poco,  y sin embargo, no tendría un lugar más ajeno, ni una oportunidad tan certera para la pregunta. Entonces, la dejó morir: ¿Estás listo?

La respuesta del joven denotaba sincera tristeza, empero en esos días de injusticia al azar no cabía el reclamo; ni siquiera en el tono de voz, aunque la voz fuera firme y dejada. De falsa alegría, dibujo con un murmullo su epitafio en el aire: Nunca lo estaré.

Al instante cerro los ojos, y una línea circunspecta hizo un camino recto en el plástico monitor.
Dejó las pupilas enterradas en el techo, incapaces y muy secas.
Abrió los ojos el viejo médico y se apuró en bajarle al muchacho los párpados, como cortinas sin sol.
Secó un poco la propia mirada y, sin besarle la piel ni nada, espetó entumecido a la vez que levantaba sobre la frente una sábana:
Chau hijo, nos vemos… No sé si mañana.  

domingo, diciembre 20, 2009

La escala


Un viaje por carretera empieza a ponerse sabroso justo cuando está por acabar. Ningún carro, por muy rápido, bonito y lujoso puede vencer, desde mi perspectiva, el confortable interior de mi Dodge coronado 73. Blanca y perlada bestia metálica, que en esa época aún no era blanca ni estaba perlada, más bien manchada, gracias a un pintor borracho y ocioso, al cual el tiempo se encargará de asesinar. Eso del pintado lo hice yo mismo. Fue luego del trip nada insufrible, auspiciado e improvisado con antagónica pausa por mi padre antes de Agosto.

No hay nada más molesto y solitario que partir de madrugada. No hay otro suceso que sea tan íntimo y tranquilo tampoco. Por lo regular este tipo de travesías empiezan a esa hora, cuando los vecinos todavía están echando baba sobre algún sueño simplón y duermen ajenos a la calentadita de motor, la llenada de la maletera con cachivaches diversos, duermen como niños, quietamente en sus casas. Des enterados de la última revisión que hago de todo, antes de partir a ningún lugar. Pongo un cambio arriba después de cerrar con fuerza la maletera, y acelero con ganas de hacer rugir por última vez mi carro en el barrio querido, o mejor dicho, con ganas de despertarlos a toditos a las 4 y media de la mañana como despedida.

Leo se muere de sueño, se le nota en la cara húmeda, se le siente en cada gesto lento y calmo que arrastra a destiempo, así como se arrastran los recuerdos cuando se resiste uno a olvidar. Está cansado y preocupado por algo, no le pregunto. Andando con ese humor de diantres, ni hablar. El sueño lo tira de los parpados hacia abajo, dormita por minutos breves, pero las calles ciegas que se intercalan con los flashes amarillos de luz pública le molestan. Toma ese atajo de la izquierda para salir más rápido-dice de pronto, apenas freno para no tropezar con una piedra en la pista y siento que el carro patina ligeramente, cuidado con la pista mojada pues, esas cosas ya deberías saberlas . Está bien.

Maggie tiene la sonrisa más linda de los Paredes, y tiene también demasiadas cosas de viaje como para ser una sola persona, prácticamente ha llenado sola la cajuela del auto. Pero fue tan buena gente, que en vez de pedir que la recogiéramos de madrugada, pasó la noche en mi cuarto, o eso creo. No recuerdo bien, pero sé que cuando me acosté en mi cama estábamos ella, Andrea y yo conversando de cualquier tontería hasta que no pudimos más.

Arturo es como si no existiera a veces y sin embargo casi siempre es lo más importante. Nadie lo puede ignorar durante las reuniones, dice y hace cosas graciosas como recitar algo que todos nos sabemos de memoria de tanto oírlo o embarazosas como asomarse calato al menor descuido de la empleada. Bueno, al menos era así hasta antes de que mi abuela muriera, de un tiempo acá lo he notado más triste de lo necesario, sin brillo, callado, parco, menos loco, tranquilo, o sea más normal y aburrido.

Paramos en un grifo de puente piedra para echar combustible y revisar las llantas antes de pasar la variante del “Pasamayo maldito”. Aprovecho para usar el medidor de aire que había comprado en la tarde cuando fui al centro, todas estaban mal infladas. No sirve la llanta de repuesto, ¿Cómo se te ocurre salir de viaje sin llanta de repuesto?, no se me ocurrió fue espontaneo. Mi viejo pone esa mueca que me hace pensar solo dos cosas: y en ambos casos, quedo como un cojudo. La dejé inflada pero no me di cuenta de que estaba pinchada, fatal es la circunstancia, ¿total? Ya está.

Mi prima hace rato que se quedo dormida sobre el hombro de mi tío Arturo, Arturo no es su papa, es nuestro tío loco. Como el loco que toda familia tiene escondido, pero nosotros nos sentimos a gusto con él y por eso no lo escondemos. Tampoco es que lo llevemos a tomar helados a plaza San miguel, pero sí sale con nosotros de vez en cuando. En este viaje era importantísima su presencia, porque pasando por Trujillo lo íbamos a dejar en la casa de su hermana, es decir, mi tía abuela.

Trepar el pasamayo fue sencillo. Bajarlo fue lo complicado. Los faros del carro apenas alumbraban, estaba lloviendo suavemente y a la llanta de repuesto que no teníamos se le sumaba que tampoco funcionaba el limpia parabrisas. Sustos van, sustos vienen, cruzamos la zona de neblina, la lluvia se esfumó junto con la madrugada negra. Del otro lado de aquel cerro mítico y temido por cientos de choferes nos dimos de frente con el día claro, Leo estaba más despierto que nunca desde que salimos, también se había despertado mi prima y mi tío… Bueno, el nunca se quedó dormido. Leo como buen papá hizo la acotación precisa para mí en ese momento de reciente tensión, detén un rato el carro por aquí, detuve el auto en cuanto pude. Miramos a ambos lados para asegurarnos de que estábamos en un buen lugar y luego nos bajamos a orinar entre los árboles. Mi prima que no puede con sus ganas, tomó algunas fotos.

Antes de llegar a Trujillo bordeando la noche pasaron cosas graciosas, como la escala que hicimos para que Maggie arreglara cuentas con un malestar estomacal inexplicable, o en huacho, el loco lisuriento que se granjeó el desayuno a punta de amenazas “maternales” contra el vigilante de la panadería donde desayunamos, demás estaría decir que comer allí fue genial, sobre todo por el loco.

Antes de llegar a la casa de mi tía abuela fuimos a Huanchaco, a la casa de unos tíos. Vi a mis primas, y aprovechamos todos los viajantes para darnos el duchazo que con justicia, el cuerpo, hacia horas reclamaba .La tía Melania es físicamente bastante parecida a mi abuela. Amable y conversadora, por momentos me perdía en sus gestos, semejantes a los de su hermana. Personalmente no la conocí mucho, acabábamos de llegar y así no se puede conocer a la gente. Todos dicen que es una bella persona, y les creo plenamente.

No recordaba tener primas tan guapas. En Trujillo lo pude ratificar. Con apenas 16 años la hija menor de la menor de los Amayo Martínez, descaradamente brillaba encantadora frente a mí cuando se paseaba por la casa. Dormir ese día fue sencillo, si manejan 8 horas y no acaban molidos son marcianos.Paco vive en Pimentel y apenas lo veo en la universidad, es un buen tipo y a pesar de tener varios defectos mutuos hacemos lo posible por soportarnos. Vive en una playa precisa para todo, volveria solo para comer pizza y tomarme una chela con ese pendejo.

En Trujillo dejé perdidas las llaves del carro, olvidado el cargador de mi celular y cuando nos fuimos a Chiclayo, en su playa, deje indeleble el mejor de los recuerdos de este año.El viaje lo termine prácticamente solo, llegue manejando a Piura de madrugada para evitar el sol del desierto de Sechura...(inconcluso)

miércoles, diciembre 09, 2009

viernes, noviembre 06, 2009

Limpiadores de bolsillo

La misma policía de cada noche parada en la esquina fuma un cigarrillo. Pareciera que con el humo que libera, tras cada calada, se le fuera el aburrimiento de vigilar, metódicamente, esta parte escandalosa de la ciudad. 7.30 de la noche, el paso de automóviles es tan intenso que el cambio de escenario automotriz, de luces, colores y modales pasa desapercibido por casi todos los que transitan por este cruce de avenidas, salvo por dos menudos muchachos que limpian carros a la altura del semáforo.
Dos niños juegan frente al grifo Primax, más conocido por la juventud juerguera como “el mega”, todos los días, y durante casi las mismas horas de la noche. Observarlos a diario es tan frecuente que sé que días no han salido a trabajar. Siempre andan juntos y pareciera que son hermanos, a primera vista eso es lo que percibo por el afecto que muestran cuando caminan abrazados o compartiendo las cosas que les regala la gente en la calle. No juegan plenamente, ni trabajan solamente, deberían solo jugar y no ocuparse de otra cosa que de pasarla bien, yo debería ocuparme de trabajar, y en vez de eso estudio en una universidad privada, soy afortunado y ellos no, me siento mal por ser afortunado, entonces vuelvo a hacerme la pregunta que me hago cada ves que me detengo a observar con detalle la realidad: ¿Es justo que sucedan estas cosas, realmente merezco mi suerte? Mucha gente prefiere no hacerse estas preguntas y por eso evita tomar conciencia del mundo que está fuera de su entorno.
Quiero entender más. Entonces me acerco un poco acobardado, probablemente avergonzado. Les pido que conversen conmigo, tengo que hacer un trabajo para un curso de la universidad les digo mientras me siento confiado en que accederán a ayudarme. Y un instante después descubro que no me había equivocado.
Sentados frente a mí observan con mucha curiosidad una bolsa con golosinas que compré para ellos. Rápidamente les reparto las cosas y ellos agradecidos me dicen sus nombres y edades.
El mayor se llama Jimmy y tiene 13 años, el pequeño es Alex y tiene apenas 8. Me cuentan que son hermanos y no son sólo dos sino siete en total. Viven en el AA.HH. Los algarrobos pero no piensan volver a casa hasta completar los 15 soles diarios que deben alcanzar cada noche. Les pregunto si alguien les obliga a pedir dinero y con calma me responden que no; Que ellos están metidos en una “junta” y pagan 15 soles diarios para poder comprarse ropa en navidad porque su número es para el 5 de Diciembre. Su respuesta me deja sorprendido, francamente esperaba algo un poco mas sombrío tras dos niños que trabajan limpiando carros en la calle. Con toda seguridad mi pretensión ha sido culpa de los estereotipos sociales.
¿Viven con sus padres? “Sí, en mi casa vivimos todos juntos”.
¿Tus papás trabajan?“Si, en el mercado”, contesta el más chiquito. De pronto Alex se levanta como si hubiera visto a su artista favorito y dice, “pete un toque”. Cruza corriendo la pista hasta llegar a decirle algo a un joven que estaba echándole combustible a su automóvil en el grifo “Mega”. Jimmy termina la respuesta de su hermano menor , me cuenta que sus papás trabajan en el mercado vendiendo fruta y que sus hermanos mayores trabajaron en Lima por una temporada pero como no les pagaban se tuvieron que regresar a Piura.
Alex luego de un par de minutos regresa corriendo y se sienta a mi lado contento, veo que tiene la mano llena de monedas, al calculo pareciera ser 4 soles, pero me equivoqué porque eran 7 soles los que le acababan de regalar.
Jimmy cuenta que tiene tiempo haciendo lo que hace; que llego hace un año con un amigo mayor que él. Antes era Jimmy (supongo que porque era el mas pequeño) al que todos le regalaban cosas y dinero, pero desde que ha llevado a su hermanito Alex se ha visto destronado de la preferencia de las personas. Alex nuevamente cruza corriendo la pista pero esta vez en dirección opuesta, ya imaginaba para donde iba así que continué mi conversación con Jimmy. Le pregunto si van al colegio: “Sí”, al “Federico Helguero Seminario” al igual que su hermano pero con la diferencia que en el turno de tarde. Entonces no se contienen las ganas de hacer la típica pregunta que uno reserva para los chiquillos de esa edad: ¿Qué quieres ser de grande?...
Mira un rato como no sabiendo que contestar, pero al instante dice: Abogado o doctor. Te tiene que gustar mucho la lectura le digo, y me responde que si lee y que le gusta Paco Yunque. ¿O sea que te gusta Vallejo? Indago. Niega con la cabeza y susurra, “Paco yunque nomás”, no me reí aunque causa gracia lo que dice. Le explique, que un trujillano de apellido Vallejo escribió Paco Yunque y él entiende y finalmente se ríe. Al girar la cabeza hacia mi derecha veo que Alex esta sentado nuevamente a nuestro costado y que otra vez está con la mano llena de monedas (este muchacho es una maravilla económica) 3 soles más al bolsillo; ¿Y tú?, ¿Qué quieres ser de grande?: Contador, responde sin dejar de contar las monedas que le acaban de dar. No sé si me esta tomando el pelo o si de verdad quiere ser contador. Me río y ellos también.
Estos chicos trabajan y estudian con la misma felicidad con la que uno va a jugar al parque o de fulbito con los amigos. No son los mejores de su clase y no se si es culpa de ellos o de la mala educación estatal que penosamente reciben, pero ya denotan las actitudes que poseen los emprendedores. Antes de sentarme a conversar con ellos en el cruce de las avenidas Ramón Mujica y la Panamericana Norte yo esperaba oír una historia más triste. En vez de ello me regalaron la seguridad de que los estereotipos son nada, apenas inhiben en las personas la justa posibilidad de eso, ser personas.
A estos muchachos a veces los botan de algunos lugares, me dice Jimmy que “el gordo” que vende salchipapas frente al grifo antes les regalaba papas fritas pero ahora ya ni siquiera los deja acercarse a los clientes que comen rápidamente en su pútrido local. Pasa lo mismo con los que van al grifo y por eso cuando piden dinero allí tienen que entrar rápido y de la misma manera salir si prefieren evitar una resondrada de los griferos. Les explico que lo más probable es que se molesten porque no todos los clientes toman bien el hecho de que se les acerquen a pedirles dinero, sino es eso entonces es que los dueños de esos lugares se han dado cuenta de que ustedes ganan más dinero que ellos en menos tiempo y están envidiosos de su habilidad (bromeo).No entienden el chiste, me miran y continúan comiendo los dulces que les regalé.

“Joven”-me dice el pícaro Alex- “me faltan dos soles con cuarenta para completar mis quince”. Yo, que ya oí decirle lo mismo a cada transeúnte y conductor que pasaba por nuestro costado lo miro con gracia y le doy 1 sol. Si finalmente Alex decide ser contador o economista seguramente le ira bastante bien aunque por como lo he visto en acción tiene mas pasta de “vendedor de sueños”.
Ahora entiendo que me ha salido barata la absolución de conciencia que sentí antes de empezar este trabajo. Ya no me siento mal por ser más afortunado que ellos, es mas, ya no me siento más afortunado que ellos. Simplemente me siento bien porque son felices y porque detrás de esa raída apariencia hay una mina de alegría, y de monedas.

viernes, abril 03, 2009

Dejavú

Insoportable.
Tan fuerte era aquella sensación que le provocaba unas arcadas descontroladas, tan vacías que le dolían las blandas costillas, el color y por encima de eso, el olor a carne chamuscada generaba un mareo leve pero desquiciante para el rollizo sujeto.
No entendía nunca porque las llamas azul-naranja que destrozaban lentamente sus manos crecían rápidamente hasta alcanzar su frente empapada, que enmarcaba su mirada de siempre, apagada, profunda.
No entendía, solo olía y escuchaba crujir su dermis carbonizada partirse como una oblea, no sabia ni hablaba, no entendía nada sino hasta que despertaba.

Tendido o encorvado al fondo de su tieso colchón nuevo, al que no le había quitado aun el empaque, movía lentamente y con cierto dolor artrítico cada una de sus viejas extremidades, forradas con una semi desnudez que usualmente era motivada por el calor escandaloso de la madrugada, pero hoy no era así, hacia un frió tan duro que fácilmente le podía joder los huesos a cualquiera, ni hoy ni cada vez que tenia ese sueño inexplicable y estupido que ya se había convertido en rutina hacia 18 meses aproximadamente, tal vez mas, tal vez no, que importa, el hecho era que su cuerpo ardía y no era el calor, no era una fiebre, su único mal era ese sueño tonto que le enfermaba, sonó el teléfono 3 veces antes de que el pudiera incorporarse para contestar.

La mañana afuera del departamento era terriblemente húmeda, una fina capa pegajosa cubría la pista sin dejar rastro de naturaleza viva sobre el pavimento pardo, bueno casi no había rastro, salvo por una marca de varias líneas uniformes que partían de la nada y terminaban en el borde de la acera, probablemente algún ciclista desafortunado había pagado la dolorosa consecuencia de no saber manejar en aquella ciudad tan gris.

Me gustaría creer en las premoniciones, los sueños, dejavús, mensajes ocultos o el destino que no escribimos los hombres, le dijo a jordana el mismo día en que iba a morir, pero nunca he podido, claro que nunca lo he querido hacer, será que personalmente no creo en esas cojudeces que tanto profesan tú y tu mamá, susurró con una vergüenza casi respetuosa; después, se despidió con una extraña nostalgia y colgó.

Había disfrutado de esa corta charla telefónica colmada de risas y mutuas quejas infantiles, no recordaba una sola vez en que no haya quedado feliz de haber hablado con la menor de sus hijas, ni siquiera el día en el que ella le contó que se había ido a vivir con el hijo de una paya huida de un catalán abusivo, pero ella le juro tanto que era un buen tipo y la quería, que no le quedó mas remedio que creerle y quererlo también a él.
Enrique amaba a sus hijas más que a nada que poseyera, pero en ese preciso instante, después de haber colgado el auricular sentía que quizás estaba siendo injusto con sus otras pequeñas, ya que en ese momento justo en ese instante, sabia o mejor dicho sentía que quería más a Jordana. Su niña más pequeña, aquella chica que a pesar de estar lejos desde los 18 años, Enrique sentía muy, pero muy cerca.

Se quedó un largo rato contemplando su reloj de pulsera como si estuviera hipnotizado por el pequeño artilugio, levantó la cara y dirigió la vista hacia el fondo del comedor, intentó ver la hora pero el reflejo de la luz que entraba seccionada por las persianas que daban al jardín se lo impedía. Caminó en dirección al fondo del comedor sin despegar la mirada del brilloso péndulo y precisamente como creía, notó que sus relojes andaban en pleno desacuerdo temporal, arregló el asunto antes de que los segundos le sacaran más ventaja de la que ya le llevaban por delante y ajusto lo que tenia q ajustar, necesitaba una ducha con urgencia así que puso el reloj sobre una mesa de caoba oscurecida que nunca le gustó, pero que el conservaba desde siempre en aquel mismo lugar, sobre la que descansaban aquellas mismas fotos desde hacia bastante tiempo atrás, el silencio de la soledad casera hizo su trabajo muy bien pues el pobre hombre sintió su pecho llenarse de tan canalla melancolía que no pudo hacer mas que mirarlas unos segundos que parecieron días.
Y ahí yacían pues, en diferentes tiempos, los mismos aires de autosuficiencia y parajes similares, pero firmados por el enfoque del mismo fotógrafo amateur, dos de las mujeres que más amor le habían arrancado a lo largo de su vida mundana y feliz, las extrañaba a las dos por igual quizás, o mejor diré que ni siquiera el mismo lo sabia, la madre de Jordana, Matty y Sandra era la que mas problemas le había dado siempre, una mujer tan mística como hermosa que un día sin mediar palabra alguna con el, cogió sus libros, su pasaporte, el anillo de bodas que nunca usó y se marcho a vivir de los réditos que obtenía como guionista de películas independientes, a Seattle.
Su otra mujer siempre estuvo a su lado, aún en los peores momentos y eso era algo que Enrique mencionaba siempre con gratitud delante de sus amigos y conocidos, la manera particular de cómo se conocieron era uno de los temas centrales en las reuniones a la que el asistía.

Nunca he creído en esas cosas… Aunque gustosamente daría un día de mi vida por saber que se siente, pensó con intensidad, sin imaginar que pretendía ofrecer mas de lo que poseía