Al viejo la mera cuestión
le irritaba un poco, y sin
embargo, no tendría un lugar más ajeno, ni una oportunidad tan certera para la
pregunta. Entonces, la dejó morir: ¿Estás listo?
La respuesta del joven denotaba sincera tristeza, empero en
esos días de injusticia al azar no cabía el reclamo; ni siquiera en el tono de
voz, aunque la voz fuera firme y dejada. De falsa alegría, dibujo con un
murmullo su epitafio en el aire: Nunca lo estaré.
Al instante cerro los ojos, y una línea circunspecta hizo un
camino recto en el plástico monitor.
Dejó las pupilas enterradas en el techo,
incapaces y muy secas.
Abrió los ojos el viejo médico y se apuró en bajarle al
muchacho los párpados, como cortinas sin sol.
Secó un poco la propia mirada y,
sin besarle la piel ni nada, espetó entumecido a la vez que levantaba sobre la
frente una sábana:
Chau hijo, nos vemos… No sé si mañana.
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