domingo, diciembre 20, 2009

La escala


Un viaje por carretera empieza a ponerse sabroso justo cuando está por acabar. Ningún carro, por muy rápido, bonito y lujoso puede vencer, desde mi perspectiva, el confortable interior de mi Dodge coronado 73. Blanca y perlada bestia metálica, que en esa época aún no era blanca ni estaba perlada, más bien manchada, gracias a un pintor borracho y ocioso, al cual el tiempo se encargará de asesinar. Eso del pintado lo hice yo mismo. Fue luego del trip nada insufrible, auspiciado e improvisado con antagónica pausa por mi padre antes de Agosto.

No hay nada más molesto y solitario que partir de madrugada. No hay otro suceso que sea tan íntimo y tranquilo tampoco. Por lo regular este tipo de travesías empiezan a esa hora, cuando los vecinos todavía están echando baba sobre algún sueño simplón y duermen ajenos a la calentadita de motor, la llenada de la maletera con cachivaches diversos, duermen como niños, quietamente en sus casas. Des enterados de la última revisión que hago de todo, antes de partir a ningún lugar. Pongo un cambio arriba después de cerrar con fuerza la maletera, y acelero con ganas de hacer rugir por última vez mi carro en el barrio querido, o mejor dicho, con ganas de despertarlos a toditos a las 4 y media de la mañana como despedida.

Leo se muere de sueño, se le nota en la cara húmeda, se le siente en cada gesto lento y calmo que arrastra a destiempo, así como se arrastran los recuerdos cuando se resiste uno a olvidar. Está cansado y preocupado por algo, no le pregunto. Andando con ese humor de diantres, ni hablar. El sueño lo tira de los parpados hacia abajo, dormita por minutos breves, pero las calles ciegas que se intercalan con los flashes amarillos de luz pública le molestan. Toma ese atajo de la izquierda para salir más rápido-dice de pronto, apenas freno para no tropezar con una piedra en la pista y siento que el carro patina ligeramente, cuidado con la pista mojada pues, esas cosas ya deberías saberlas . Está bien.

Maggie tiene la sonrisa más linda de los Paredes, y tiene también demasiadas cosas de viaje como para ser una sola persona, prácticamente ha llenado sola la cajuela del auto. Pero fue tan buena gente, que en vez de pedir que la recogiéramos de madrugada, pasó la noche en mi cuarto, o eso creo. No recuerdo bien, pero sé que cuando me acosté en mi cama estábamos ella, Andrea y yo conversando de cualquier tontería hasta que no pudimos más.

Arturo es como si no existiera a veces y sin embargo casi siempre es lo más importante. Nadie lo puede ignorar durante las reuniones, dice y hace cosas graciosas como recitar algo que todos nos sabemos de memoria de tanto oírlo o embarazosas como asomarse calato al menor descuido de la empleada. Bueno, al menos era así hasta antes de que mi abuela muriera, de un tiempo acá lo he notado más triste de lo necesario, sin brillo, callado, parco, menos loco, tranquilo, o sea más normal y aburrido.

Paramos en un grifo de puente piedra para echar combustible y revisar las llantas antes de pasar la variante del “Pasamayo maldito”. Aprovecho para usar el medidor de aire que había comprado en la tarde cuando fui al centro, todas estaban mal infladas. No sirve la llanta de repuesto, ¿Cómo se te ocurre salir de viaje sin llanta de repuesto?, no se me ocurrió fue espontaneo. Mi viejo pone esa mueca que me hace pensar solo dos cosas: y en ambos casos, quedo como un cojudo. La dejé inflada pero no me di cuenta de que estaba pinchada, fatal es la circunstancia, ¿total? Ya está.

Mi prima hace rato que se quedo dormida sobre el hombro de mi tío Arturo, Arturo no es su papa, es nuestro tío loco. Como el loco que toda familia tiene escondido, pero nosotros nos sentimos a gusto con él y por eso no lo escondemos. Tampoco es que lo llevemos a tomar helados a plaza San miguel, pero sí sale con nosotros de vez en cuando. En este viaje era importantísima su presencia, porque pasando por Trujillo lo íbamos a dejar en la casa de su hermana, es decir, mi tía abuela.

Trepar el pasamayo fue sencillo. Bajarlo fue lo complicado. Los faros del carro apenas alumbraban, estaba lloviendo suavemente y a la llanta de repuesto que no teníamos se le sumaba que tampoco funcionaba el limpia parabrisas. Sustos van, sustos vienen, cruzamos la zona de neblina, la lluvia se esfumó junto con la madrugada negra. Del otro lado de aquel cerro mítico y temido por cientos de choferes nos dimos de frente con el día claro, Leo estaba más despierto que nunca desde que salimos, también se había despertado mi prima y mi tío… Bueno, el nunca se quedó dormido. Leo como buen papá hizo la acotación precisa para mí en ese momento de reciente tensión, detén un rato el carro por aquí, detuve el auto en cuanto pude. Miramos a ambos lados para asegurarnos de que estábamos en un buen lugar y luego nos bajamos a orinar entre los árboles. Mi prima que no puede con sus ganas, tomó algunas fotos.

Antes de llegar a Trujillo bordeando la noche pasaron cosas graciosas, como la escala que hicimos para que Maggie arreglara cuentas con un malestar estomacal inexplicable, o en huacho, el loco lisuriento que se granjeó el desayuno a punta de amenazas “maternales” contra el vigilante de la panadería donde desayunamos, demás estaría decir que comer allí fue genial, sobre todo por el loco.

Antes de llegar a la casa de mi tía abuela fuimos a Huanchaco, a la casa de unos tíos. Vi a mis primas, y aprovechamos todos los viajantes para darnos el duchazo que con justicia, el cuerpo, hacia horas reclamaba .La tía Melania es físicamente bastante parecida a mi abuela. Amable y conversadora, por momentos me perdía en sus gestos, semejantes a los de su hermana. Personalmente no la conocí mucho, acabábamos de llegar y así no se puede conocer a la gente. Todos dicen que es una bella persona, y les creo plenamente.

No recordaba tener primas tan guapas. En Trujillo lo pude ratificar. Con apenas 16 años la hija menor de la menor de los Amayo Martínez, descaradamente brillaba encantadora frente a mí cuando se paseaba por la casa. Dormir ese día fue sencillo, si manejan 8 horas y no acaban molidos son marcianos.Paco vive en Pimentel y apenas lo veo en la universidad, es un buen tipo y a pesar de tener varios defectos mutuos hacemos lo posible por soportarnos. Vive en una playa precisa para todo, volveria solo para comer pizza y tomarme una chela con ese pendejo.

En Trujillo dejé perdidas las llaves del carro, olvidado el cargador de mi celular y cuando nos fuimos a Chiclayo, en su playa, deje indeleble el mejor de los recuerdos de este año.El viaje lo termine prácticamente solo, llegue manejando a Piura de madrugada para evitar el sol del desierto de Sechura...(inconcluso)

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