viernes, abril 03, 2009

Dejavú

Insoportable.
Tan fuerte era aquella sensación que le provocaba unas arcadas descontroladas, tan vacías que le dolían las blandas costillas, el color y por encima de eso, el olor a carne chamuscada generaba un mareo leve pero desquiciante para el rollizo sujeto.
No entendía nunca porque las llamas azul-naranja que destrozaban lentamente sus manos crecían rápidamente hasta alcanzar su frente empapada, que enmarcaba su mirada de siempre, apagada, profunda.
No entendía, solo olía y escuchaba crujir su dermis carbonizada partirse como una oblea, no sabia ni hablaba, no entendía nada sino hasta que despertaba.

Tendido o encorvado al fondo de su tieso colchón nuevo, al que no le había quitado aun el empaque, movía lentamente y con cierto dolor artrítico cada una de sus viejas extremidades, forradas con una semi desnudez que usualmente era motivada por el calor escandaloso de la madrugada, pero hoy no era así, hacia un frió tan duro que fácilmente le podía joder los huesos a cualquiera, ni hoy ni cada vez que tenia ese sueño inexplicable y estupido que ya se había convertido en rutina hacia 18 meses aproximadamente, tal vez mas, tal vez no, que importa, el hecho era que su cuerpo ardía y no era el calor, no era una fiebre, su único mal era ese sueño tonto que le enfermaba, sonó el teléfono 3 veces antes de que el pudiera incorporarse para contestar.

La mañana afuera del departamento era terriblemente húmeda, una fina capa pegajosa cubría la pista sin dejar rastro de naturaleza viva sobre el pavimento pardo, bueno casi no había rastro, salvo por una marca de varias líneas uniformes que partían de la nada y terminaban en el borde de la acera, probablemente algún ciclista desafortunado había pagado la dolorosa consecuencia de no saber manejar en aquella ciudad tan gris.

Me gustaría creer en las premoniciones, los sueños, dejavús, mensajes ocultos o el destino que no escribimos los hombres, le dijo a jordana el mismo día en que iba a morir, pero nunca he podido, claro que nunca lo he querido hacer, será que personalmente no creo en esas cojudeces que tanto profesan tú y tu mamá, susurró con una vergüenza casi respetuosa; después, se despidió con una extraña nostalgia y colgó.

Había disfrutado de esa corta charla telefónica colmada de risas y mutuas quejas infantiles, no recordaba una sola vez en que no haya quedado feliz de haber hablado con la menor de sus hijas, ni siquiera el día en el que ella le contó que se había ido a vivir con el hijo de una paya huida de un catalán abusivo, pero ella le juro tanto que era un buen tipo y la quería, que no le quedó mas remedio que creerle y quererlo también a él.
Enrique amaba a sus hijas más que a nada que poseyera, pero en ese preciso instante, después de haber colgado el auricular sentía que quizás estaba siendo injusto con sus otras pequeñas, ya que en ese momento justo en ese instante, sabia o mejor dicho sentía que quería más a Jordana. Su niña más pequeña, aquella chica que a pesar de estar lejos desde los 18 años, Enrique sentía muy, pero muy cerca.

Se quedó un largo rato contemplando su reloj de pulsera como si estuviera hipnotizado por el pequeño artilugio, levantó la cara y dirigió la vista hacia el fondo del comedor, intentó ver la hora pero el reflejo de la luz que entraba seccionada por las persianas que daban al jardín se lo impedía. Caminó en dirección al fondo del comedor sin despegar la mirada del brilloso péndulo y precisamente como creía, notó que sus relojes andaban en pleno desacuerdo temporal, arregló el asunto antes de que los segundos le sacaran más ventaja de la que ya le llevaban por delante y ajusto lo que tenia q ajustar, necesitaba una ducha con urgencia así que puso el reloj sobre una mesa de caoba oscurecida que nunca le gustó, pero que el conservaba desde siempre en aquel mismo lugar, sobre la que descansaban aquellas mismas fotos desde hacia bastante tiempo atrás, el silencio de la soledad casera hizo su trabajo muy bien pues el pobre hombre sintió su pecho llenarse de tan canalla melancolía que no pudo hacer mas que mirarlas unos segundos que parecieron días.
Y ahí yacían pues, en diferentes tiempos, los mismos aires de autosuficiencia y parajes similares, pero firmados por el enfoque del mismo fotógrafo amateur, dos de las mujeres que más amor le habían arrancado a lo largo de su vida mundana y feliz, las extrañaba a las dos por igual quizás, o mejor diré que ni siquiera el mismo lo sabia, la madre de Jordana, Matty y Sandra era la que mas problemas le había dado siempre, una mujer tan mística como hermosa que un día sin mediar palabra alguna con el, cogió sus libros, su pasaporte, el anillo de bodas que nunca usó y se marcho a vivir de los réditos que obtenía como guionista de películas independientes, a Seattle.
Su otra mujer siempre estuvo a su lado, aún en los peores momentos y eso era algo que Enrique mencionaba siempre con gratitud delante de sus amigos y conocidos, la manera particular de cómo se conocieron era uno de los temas centrales en las reuniones a la que el asistía.

Nunca he creído en esas cosas… Aunque gustosamente daría un día de mi vida por saber que se siente, pensó con intensidad, sin imaginar que pretendía ofrecer mas de lo que poseía

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