El estudio de la realidad irrefutable sin pretender saltarnos los capítulos desagradables de lo cotidiano, añadiré que esto es solo valido si es que lo logramos por medio del uso de la razón sin ataduras de índole político, religioso o afectivo, pues no es correcto el fanatismo ni el fideísmo es esta búsqueda perpetua de la luz “al final del callejón”, llamémosle filosofía o sencillamente anhelo máximo de verdad.
Justamente eso era lo que hacíamos, cada vez que nos juntabamos a divagar por el limbo de nuestras perspectivas y polemicos puntos de vista, siempre que conversábamos contra copas, bajo lunas opacas de cielos sombríos, sobre manteles largos de ocasiones ajenas a las nuestras.
Hoy fue como mirar hacia un lado distinto, empleando ojos de soslayo decorados con ánimos de recuerdo casi perpetuo.
Un tornamesa plagado de vinilos seria la dosis perfecta para coronar nuestro improvisado reencuentro pero no, hoy apenas un estereo de 140 watts nos llenan el alma de ruidos miles, que dependiendo de tu animosa cadera que se mecía incansable para cambiar de una a otra canción, y un ron dormido en tonel, que casualmente cayó en mis manos como consignación, entonan el himno de aquella recurrentemente extraña canción.
Me quedaría besando tus chispas de sol, hasta que el mismo salga a quemar mis labios cargados de absurda aversión; Amo tus cabellos incipientes de rizo rudimentario que desbordan tu cráneo perfumado con hierba buena, los mismos que caen improvisados sin dirección, enmarcando tu rostro claro de ojos prietos perdidos en el infinito de la estela chispeante de algún brillo lunar, y tu cuello frágil que escondo tras mis dedos ávidos de tacto y olfato en este paradigma de sorpresas, con doble color, sabor y olor.
Bajo la lumbrera de unos mechones coloreados de bronceada manera.
La noche apenas se deja sentir cuando yo apago la luz que celosamente vigilaba mis buenas intenciones, al hacerlo modestamente un resplandor de luz pública rebota contra el parquet y da francamente en las entrañas de mi aviesa mirada, ya tuvimos una dosis mayúscula de relax melódico a manos de un manojo de dreads briosos con nombre de tipo buena gente y sello felino, que desde hace años está estampado en un fotograma de mi habitación, abrigado dentro de su lamentable, acaso típica seda azul.
Chelo, piano, trompeta y bandoneón han acompañado a las guitarras trilladas de los grupos de siempre, con las mismas canciones de nunca acabar que no sorprenden como de costumbre y a pesar de ello la conversación no hacia sino ponerse mas picante y frontal, lo que no nos atrevimos a soltar en nuestros cabales ahora disparábamos cuales misiles contra nuestros rostros divertidamente delatores del alcohol, solo quedaba por traer poesía cantada mejor que recitada, llamada trova desde que apareció un bufón con arte de cantor y mediocre compositor en medio de una antigua corte mundana.
No había mas que uno en medio del montón, no encontré nada mas que a un canalla de costumbres símiles a las ya antes contadas, esas que fueron descritas en una conversación hartamente sabida, quién sino el mismo Sabina que cuando sonó encantó… y cantó mal como solo el sabe cantar, recito en rima con guitarra sobre las faldas mientras nosotros bailábamos sus coplas de amor huérfanas de lírica, bailábamos completamente huérfanos de ritmo, aunque sobrábamos expectativas en ganas de probar el tenue dolor, ella su culpa tal aliciente, yo mi culpa como culpable soy.
El ultimo trago fue en un piso elevado, yo con mi trago monocromático y ella con el color de sus rizos on the Rocks…
Sé que si hubiera podido ir más alto lo habría hecho, solo por verla como a un ángel, cerca al cielo embriagarse.